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El usuario digital está nostálgico

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Como en todos los ciclos, a los usuarios digitales ya nos llegó la hora, la hora de ponernos nostálgicos al recordar que el 2000 llegó hace 15 años y que hace más de siete iPhones, lo más sorprendente era tener un teléfono con pantalla a color.

No sé si se han detenido a pensar en esto, tal vez es solo un tema personal, pero en el camino a volvernos completamente digitales, dejamos perdidos muchísimos objetos y experiencias que nos llenaban de felicidad.

Y ojo que no estoy en contra de digitalizar todo, jamás, espero que pase y que sea pronto. Me encanta. Pero eso no significa que de vez en cuando no pueda dedicar un espacio de mi tiempo, para llorar lo que ya no está.

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Empecemos por la música. Ahora tenemos acceso a millones de canciones gracias a Apple Music, Spotify y la necedad de Tidal, entre muchos otros.

Pero antes, antes todo era diferente: usábamos Ares, Limewire y así llenábamos nuestros reproductores MP3 o los iPods gordos con cientos de gigas. Unos años antes nos moríamos por un “quemador” para hacer los remixes más originales del mundo (ahora los playlists). Y mucho antes soñábamos con un discman con tecnología anti-shock y con lector de MP3. Nunca olviden la felicidad que traía tener un Walkman digital y comprar un casete de los Cebollitas para escucharlo todo el día. Hasta en la grabadora.

Los más viejos añoran sus acetatos y vinilos, la experiencia de colocar la aguja sobre el disco y ver como por arte de magia, el sonido los atrapaba.

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Es imposible dejar de lado la experiencia de ver un artista en vivo, por primera vez, sin saber el set-list completo o haber visto el tour por YouTube. Al menos ahora sabemos a lo que vamos, no todo es malo.

¿Y qué me dicen de la emoción de hacer, ver un flyer y usarlo como entrada, para poder ir a un evento? Los eventos de Facebook son muy útiles, los uso todo el tiempo, pero jamás se comparan con la expectativa de no saber cuántos flyers se hicieron, cuántos se entregaron y cuánta gente iba a llegar.

Pequeñas dosis de adrenalina por todo lado.

Ahora vamos a la televisión. En esta parte me es difícil extrañar el pasado porque soy un obsesionado, loco, profesional en Netflix, orgulloso de mis propios récords y maratones, fue hecho para el binge-watching; pero lo voy a intentar.

Del nada viejo modelo de televisión extraño la expectativa, los verdaderos cliffhangers, la ausencia de spoilers sobre la muerte de Jon Snow y Glenn (que andan por todo Twitter).

Extraño hacer hasta lo imposible para llegar a la casa y ver el nuevo capítulo de mi serie favorita, porque de lo contrario tenía que esperar a que Sony o Warner tuvieran compasión de los que nos habíamos atrasado.

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Jamás podemos olvidar los estrenos mundiales en MTV, seguidos por “Making Of The Video”, que nos explicaban cómo Britney se había puesto ese traje de látex rojo. Lloro por mi adolescencia.

Esto no lo extraño, pero ir al video del barrio a alquilar el último estreno era toda una experiencia religiosa. A veces alegre y muchas otras llena de decepción, porque ya se habían llevado las copias disponibles.

Y bueno, creo que todos alguna vez grabamos Seinfeld o Friends (mi mamá grabó Heidi, jaja) con el VHS. A veces solo con la intención de usar el rebobinador en forma de carro rojo. Tiempos que nunca volverán.

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Y ya para terminar, porque me está costando escribir después de recordar a Britney cuando podía bailar; llegamos a la forma en la que adquiríamos productos o servicios.

La realidad en este caso es que la tecnología nos ha hecho mejores consumidores. Entendemos y conocemos más, y cuando de comprar se trata, así debe ser.

Pero definitivamente la experiencia “retail” era todo un tema. De alguna forma, era mejor, porque no existían otras formas o métodos y por obligación y compromiso con el usuario, debía ser impecable.

Comprar también era muy interesante, porque se trataba de ver por primera vez, de probarse una y otra vez, y de tomar la difícil e importante decisión en el lugar de compra.

A la lista se suman, usar un mouse (algunos todavía se rehúsan a amar el trackpad), llamar para felicitar por el cumpleaños, tener una agenda de Pascualina o en su defecto las que regalaban a fin de año, la maravillosa sensación de ver y pasar la página de un álbum de fotos, dar una dirección apuntada en papel, leer y oler un libro, el siempre recordado zumbido de MSN y aquella época, ahora lejana, en la que el double check azul y el seen no delataban que estábamos ignorando una conversación.

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Pasa con todos estos temas que a los seres humanos nos encanta vivir, sentir, tener presión y pequeños infartos de alegría y tristeza cada vez que hacemos algo, como cuando estamos enamorados (ese es tema de otro día). Solo de esta forma creemos que valió la pena.

Por supuesto que no es real. Comprar “Hello” en Apple Music valió toda la pena, pero simplemente no es lo mismo, porque en la simplificación de un proceso muchas veces se pierde complicidad y emoción.

Yo, al igual que muchos de ustedes, vivo de la tecnología y la digitalización de las costumbres humanas. Soy parte de la revolución digital y estoy ayudando a construir una era que en unos años será motivo de estudio.

Y como parte de esta revolución, tengo un compromiso: NO DEJAR QUE EL USUARIO EXTRAÑE LA EXPERIENCIA.

Por suerte, en todos los esfuerzos digitales que emprendamos, tenemos la capacidad de convertir a la experiencia en protagonista, de lograr que lo usuarios sientan, vivan, recuerden e inclusive lloren.

Ahora más que nunca, la creatividad interactiva es un pilar de la comunicación digital, es la única forma de convertir la tecnología en un recuerdo que dentro de unos años nos pondrá nostálgicos otra vez.

 

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